

Llamado inicialmente Templo del Patriarca Señor San José de los indios Otomíes, revela no sólo su antigüedad, que por ese hecho denota haber sido construido en el siglo XVI, sino también su relevante localización cuando Irapuato, aldea, contaba con dos barrios, el tarasco con el Templo del Hospitalito como centro, y el de los indígenas otomíes, cuyo centro de barrio era el templo que nos ocupa.
Templo primitivo e importante, sede inicial de la capilla dedicada a la Virgen del Rosario, expresa en su excepcional pórtico principal su antigüedad a través de los magníficos relieves del misterio de la cruz y la simbología iconográfica en cantera, que lo rodean con temas profanos y religiosos, y lo hacen ser un bello ejemplo del arte indígena americano de su época.
Su interior es muy sencillo pero expresa grandemente el sentido de espacio religioso. El ingreso está enmarcado por tres arcos, seguramente de época posterior, que a manera de mampara pretenden hacer una enmarcación entre un espacio, el de entrada propiamente, y otro, el de oración. La bóveda que cubre su nave es de crucería. La limpieza de sus altares no originales y de sus muros, habla igualmente de pobreza física y humildad constructivas.
Notable su torre, no sólo por el hecho de que, siendo una, confirma la particularidad de las iglesias de Irapuato, ninguna de las cuales tiene dos torres, sino por su altura con relación al cuerpo principal, por su profusa arquería en los niveles que la componen y por su zapata de cantera -destruida y no restaurada- en la que se asentaba.